Miedo a lo bueno

por Sozan

"La virtud es audaz. Y la bondad nunca tiene miedo."

William Shakespeare (1564-1616) Dramaturgo, poeta y actor británico.

Quizá sea una palabra de afecto. O recibir un regalo maravilloso (que era justo lo que estabas esperando). Una puesta de sol, o un amanecer. Una charla con una amiga o una deliciosa comida. Algo bueno.

Desde el principio de la humanidad hemos evolucionado para protegernos. Probablemente hace miles de años lo hacíamos para no convertirnos en el almuerzo de un león, ser abrazados por un oso o pisar una serpiente. Quizá comenzamos a estar alertas de no ser atacados por un guerrero de otra tribu, más adelante de las enfermedades y los bandidos… y probablemente de muchas otras cosas diferentes a medida que la civilización avanzó hasta aquí. Esa capacidad profundamente arraigada en nuestro ser, que nos exige de manera primaria estar en constante alerta y de protegernos sigue allí. Vigente. Inscrita en la médula de quiénes somos como animales de la especie humana.

Y luego, en ocasiones, ocurre algo bueno. Algo de lo que no nos tenemos que defender. Pero sin embargo, esa conducta instintiva ocupa siempre un lugar en el consciente o el inconsciente. Lo bueno ocurre, pero la atención (y la tensión) permanece. ¿Podemos dejarlo ingresar por completo a nuestro sistema? ¿Somos capaces de, por un instante, dejar de observar de reojo si un oso nos va a sorprender mientras nos deleitamos con la puesta del sol de la mano de un ser querido?

Las cosas que nos agradan, lo que nos nutre y hace felices, suelen ser como un tesoro. Es algo valioso que en ocasiones nos lleva a conectar con lo maravilloso de estar vivos, y a sentir el sentido de la existencia misma. Un momento de confort, de calidez, de gratitud. Sin embargo ocurre en ocasiones que en el momento de contacto con ese tesoro, una bestia salvaje imaginaria acecha y no nos permite realmente conectar con profundidad en el momento presente, realmente disfrutar en su totalidad lo bueno que está ocurriendo: es el miedo a perderlo, el temor de que lo bueno acabe. A veces con mayor claridad y en ocasiones como un sutil sonido de fondo, la inseguridad, el temor a perder lo bueno nubla nuestra capacidad de realmente disfrutar, saborear, abrazar lo que esté ocurriendo en ese momento. Es lo que normalmente llamamos «apego».

Por supuesto, todo se transforma. Todo cambia. Lo bueno, como lo difícil, comienza y acaba. Pero para poder vivir con intensidad el momento en toda su belleza el secreto es tener la capacidad de soltar, poder vivir lo bueno en el momento que se hace presente y sin miedo. Cuando no hay apego, este temor se disuelve y el miedo se evapora. Sostener lo bueno como si fuera una bellísima mariposa posada en la palma abierta de tu mano, observando los fascinantes colores y sutil movimiento de sus alas.

Y lo bueno, sin apegos ni miedo, doblemente bueno.

Sozan

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