Ep. 64 – ¡SILENCIO!

por Sozan
PALABRAS EN EL CAMINO

¡SIELNCIO!

(Episodio 64)

El silencio en sí, la necesidad de calmar la mente, de detenerse de manera interna y externa, es un elemento de tranquilidad, de sosiego… y un factor importante que devuelve la armonía en medio de la ruidosa y caótica vida actual.

El silencio puede entonces ser algo intencional, casi diría un ritual diario que ponemos en movimiento de manera cotidiana…

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TRANSCRIPCION:

En general vivimos vidas bastante ajetreadas, llenas de actividades y estímulos, diría, desde que nos despertamos hasta que nos vamos a dormir.

Bienvenidos a este nuevo episodio de Palabras en el camino. Este es el episodio número 64.

Y vivir de esta manera no es consecuencia tan solo del mundo externo, quiero ser claro con esto. Porque también debemos aceptar que tenemos la tendencia de llenarlo todo -intencionalmente o sin intención- con actividades y palabras. Porque vivimos en una cultura orientada a las tareas y centrados en la eficiencia. Buscamos estar siempre ocupados y no dejamos espacios vacíos. No solemos crear espacio para la quietud y el silencio, diría, especialmente cuando estamos en soledad. Cuando estamos en soledad muchas veces prendemos la radio o la TV, o navegamos las redes sociales… ¡Qué difícil se hace el silencio! Quizá el silencio nos es demasiado intimidante o por ahí nos deja en evidencia cosas que no nos es cómodo ver… Quien sabe.

Siempre me parece interesante relacionar el silencio con la expresión del arte oriental, especialmente el arte japonés, y la manera en que el vacío que podríamos identificar como silencio que se da en ese espacio es fundamental para que aquello que está representado por el “no silencio” o el “no vacío”, en otras palabras, la tinta, tome una dimensión y una fuerza muy especial.

Por eso el arte japonés en general se basa en el espacio más que en la forma, en el silencio, más que en la actividad. Y en ello, de esta manera revaloriza la actividad misma. Revaloriza la forma desde el silencio.

Entonces, cuando estamos ocupados en actividades ya sea en el trabajo, en la vida social, que requieren tanto nuestra atención como nuestra palabra, que requieren la «forma», se hace difícil observar con atención lo que está ocurriendo en nuestra experiencia física y mental. Por supuesto, no es que haya nada malo en realizar estas actividades. Son importantes, son parte de la vida. Pero necesitamos tomar contacto con la importancia de detenerse, de observar y, por sobre todo, de observarse. Detenerse.

En el fútbol -voy a traer una analogía del fútbol- el jugador, antes de patear al arco, en general detiene la pelota. Si puede, si le da el espacio, cuando recibe la pelota la detiene y toma conciencia en ese espacio de silencio, en ese espacio de quietud, de la dimensión de todo lo que acontece a su alrededor: De los otros jugadores, del arquero en el arco, donde está, donde se posiciona… detiene la pelota, hace silencio, hace una pausa para luego patear.

Y esta, creo, es una gran analogía, como la del arte japonés, para ilustrar un poco lo que estoy queriendo decir.

“Si observas lo que funciona y lo que no funciona en tu vida, lo que no funciona a menudo se debe a puntos ciegos o patrones y hábitos inconsistentes”. Esto lo dice Dennis Buttimer, un coach de vida y bienestar en el Cáncer Wellness de Piedmont. Y sigue: “Cuando estés quieto, empezarás a discernir estos hábitos y puntos ciegos”. Este silencio, la quietud… Todo esto nos permite ver con mayor claridad cuándo y cómo actuamos en modo de piloto automático en nuestra vida.

El silencio en sí, la necesidad de calmar la mente y hacer silencio interno y externo es un elemento de tranquilidad, de sosiego, y un factor importante que devuelve la armonía en medio de la ruidosa y caótica vida actual que podemos vivir tú y yo. Cuando existe la conciencia plena que deviene de la quietud, también existe la posibilidad de crecimiento, de cambio y de transformación. Porque el silencio nos ayuda a cultivar este tipo de conciencia. Y es a través del silencio que podemos descubrir la verdad que existe en uno mismo y en los demás y comprender la propia personalidad y el papel que cada uno de nosotros desempeña en el mundo en el que vivimos.

Pero no todo es silencio, no todo es vacío. Y no siempre el silencio es adecuado o necesario, porque el silencio, como muchas cosas en la vida puede manejarse con habilidad o sin habilidad sin ella. Y lo que determina la “calidad” de nuestro silencio o nuestra quietud usualmente es la intención y los resultados que producen ese momento de quietud, de silencio. Porque podemos usar el silencio para estar presentes, o también lo podemos usarlo para evitar. Podemos usar el silencio para ayudar o para herir. Podemos usar esa quietud para mirarnos o para apartar la mirada. Entonces, el silencio también puede ser una manera de aislarse. Por supuesto, ese no es el silencio y la quietud de la que estoy hablando.

El silencio es importante porque es como tratar de mirar en un estanque que ha sido agitado por una tormenta. Ese estanque está turbio luego de la tormenta. Todas esas gotas de lluvia, todo ese viento distorsiona la superficie del agua. Pero cuando la tormenta amaina y todo se calma, como nuestra mente, este estanque se aclara. La mente se aclara. Las cosas que vemos bajo la superficie pueden no ser las que deseamos ver, pero si somos capaces de afrontarlas podemos hacer algo al respecto. Porque definitivamente no podemos cambiar lo que no podemos ver.

Entonces el silencio le da a uno la capacidad de escuchar por completo, de realmente escuchar. Como la obra del arte japonés, el vacío nos permite ver la forma. Entonces, el silencio no solo te aporta una nueva habilidad, te aporta nuevos conocimientos en esa capacidad de ver. Convengamos que el silencio es importante. Ese vacío que realza la forma es algo que deberíamos prestarle atención. Creo que estamos conscientes de la importancia del silencio, pero el punto es «cuando» hacemos silencio. Y la propuesta es que en lugar de guardar todo tu descanso y relajación para quizá tomarte una o dos semanas al año y enfocarte solo en el silencio, puedas tomarte solo dos minutos al día para detenerte, para no hacer nada y sintonizar con la quietud, con el silencio (y no hacer nada es una forma de decir, porque estamos haciendo algo muy importante cuando hacemos silencio). Entonces es mejor dos, cinco, diez minutos, lo que puedas cada día, en lugar de concentrarlo todo en dos semanas por año. Es mejor la regularidad y la frecuencia que la cantidad. Por supuesto, no hay nada de malo con tomarse una o dos semanas al año e ir a un retiro o caminar por la naturaleza. Fantástico. Pero cuando vivimos vidas inmersas en total actividad y relegamos a estas dos semanas toda la responsabilidad de brindarnos silencio, algo suele no funcionar como pensamos que va a funcionar.

El silencio puede -y quizá debe- entonces ser algo intencional. Casi diría un ritual diario, algo que ponemos en movimiento de manera cotidiana. Y de hecho, la práctica ritual del silencio no es exclusiva de ninguna religión o cultura. El cristianismo, el judaísmo, el budismo, el islam… todos han propugnado la práctica del silencio de una manera u otra. Y más allá de las religiones y los “ismos”, la práctica del silencio es algo que incluso los animales ejercitan con frecuencia.

Podemos entonces probar con ingresar a este espacio meditativo, este espacio de quietud con cierta cotidianeidad. Dejar que la mente esté quieta, parar la pelota, dejar que la mente se tranquilice. En un mundo lleno de distracciones y ruido, cada vez está más claro que necesitamos momentos de silencio para mantener la concentración y la productividad.

Los beneficios del silencio son profundos y duraderos, y muy importantes. Como digo, debemos parar la pelota. Debemos aquietarnos. Lograr ese vacío y crear el espacio para que el resto tome sentido y forma. El silencio proporciona un espacio tranquilo que alimenta la calma interior y la claridad mental. Ambas muy importantes, ambas esenciales para combatir el estrés de la vida cotidiana.

Entonces, una pincelada de tinta aquí, un espacio vacío más allá. Actividad y silencio. Movimiento y quietud. Una perfecta obra de arte que se convierte en tu propia y maravillosa vida.

Gracias por estar aquí y por ser parte de este camino. Hasta el próximo paso.

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