Ep. 58 – SABER SOLTAR

por Sozan
PALABRAS EN EL CAMINO

SABER SOLTAR

(Episodio 58)

El maestro tailandés Ajahn Chah una vez dijo: “Si sueltas un poco, tendrás un poco de libertad. Si sueltas mucho, tendrás mucha libertad. Si sueltas completamente, tendrás libertad completa”.

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Ajahn Chah nació en un pueblo del noreste de Tailandia en 1918 y fue uno de los maestros más grandes de meditación del siglo XX. Este maestro nos invita a “Soltar para obtener la libertad”. El punto es ¿Qué significa soltar? ¿Soltar qué? Porque con seguridad, al igual que yo, hay cosas que no quieres soltar y que son muy valiosas para ti. ¿Qué significa entonces soltar?

Y muchas veces, cuando pensamos en soltar, lo primero que viene a la mente es “dejar ir”. Cuando lo vemos de esa manera, soltar significa que algo se va, que algo se pierde y no lo tenemos más, ya sea para bien o para mal. Pero no está más. Y por supuesto, hay cosas que no queremos que se vayan, y entonces lo que naturalmente hacemos es… no las soltamos. Nos aferramos a ellas a veces con toda nuestra fuerza, para que permanezcan aquí con nosotros. Y no sólo hablo de cosas materiales, también me refiero a relaciones, emociones, cosas a las que también nos aferramos para que no se vayan.

Pero el “soltar” al que hace referencia Ajahn Chah nos propone algo diferente. Es un soltar que se parece más a abrir la palma de la mano. Imagina que sujetas algo con el puño cerrado, te aferras a ello para no perderlo. Y de repente decides abrir la mano y sostener este objeto con la palma abierta. Has soltado. Ya no te estás aferrando a él con el puño cerrado. Ahora bien… ¿Se ha ido? Y quizá sí. Quizá no. Quizá era una pluma, que cuando abriste la mano se la llevó el viento. Quizá era un objeto que aún permanece sobre tu palma abierta, que aún está en contacto contigo, aún presente en tu vida. Y quizá no haya viento, y la pluma también sigue en tu mano haciendo cosquillas en tu palma.

Es por ello que este soltar se refiere a no aferrarnos, pero tampoco a rechazar. Ni una cosa ni la otra, a abrir la palma de la mano en la vida y observar qué ocurre. Soltar, entonces, no significa necesariamente deshacerse de algo. Simplemente nos invita a abrir la mano y dejar que las cosas tomen su curso. Y este acto de “soltar” es el paso que el Maestro nos dice que nos lleva a una completa libertad, porque sólo podemos ser libres cuando permitimos que toda nuestra vida sea libre también… Y esto es algo que no ocurre cuando nos aferramos a las cosas.

Entonces, al abrir la mano y soltar, esa libertad de fluidez se transforma en libertad para uno mismo también. Es por ello que si abrimos la mano un poco, seremos un poco libres. Y si la abrimos del todo, seremos del todo libres.

El problema también es que este acto de soltar, ya sea mucho o poco, no es tan sencillo. Tenemos temor a que las cosas tomen un curso diferente a lo que son nuestros deseos y expectativas si no las controlamos a puño cerrado. Tememos que nos invada la escasez si permitimos que las cosas, las relaciones, los sentimientos, tomen su propio curso. Entonces nos apegamos. Y este apego es posiblemente la causa de mayor sufrimiento para el ser humano.

Nos cuesta ver esto porque seguimos pensando que soltar es perder, que soltar es dejar ir -en ocasiones- cosas que son muy significativas e importantes para nosotros. El consejo aquí no es que te alejes de las cosas o las relaciones que son tan importantes y que forman parte de tu vida, sino que simplemente reconozcas la posibilidad de no apegarte, de no aferrarte a todas ellas.

El “no apego”, de hecho, es más bien lo contrario que “separación”. Porque vivimos en la ilusión de que cuanto más cerramos el puño, cuanto más nos aferramos a las cosas, más unidos estamos con ellas. Y esto no es necesariamente cierto, porque en realidad estás más unido a las cosas cuando sueltas, cuando abres la mano y las cosas permanecen allí, porque eso es lo que tiene que ocurrir. Eso es lo que fluye en ese momento. Esa unión es una unión real de “algo y alguien” que teniendo la posibilidad de partir, de todas formas permanecen unidos.

Quizá por ignorancia, pero usualmente también por codicia, temor o por deseo el ser humano se aferra a las cosas pensando que de esa manera todo estará bajo control. Sin embargo, todas esas cosas tienden a cambiar. Nos aferramos a la belleza, a la juventud… pero la vejez avanza igual. Nos aferramos a las relaciones… pero las personas también cambian y son impermanentes, como todo el resto de la naturaleza. Vienen, se van, mueren. Nos aferramos al poder, a la fama o al dinero y apretamos fuerte el puño por miedo a perderlo. Y así vivimos siempre intranquilos, controlando y deseando más. Y pensamos que cuanto más tengamos y más fuerte lo sujetamos, seremos más libres.

Pensamos que lo podemos sujetar todo y luego nos damos cuenta que no es tan así, que a medida que apretamos aquí, algo se cae por allí. Que cuanto más apego tenemos, más conectamos con la escasez y menos con la abundancia. Quizá no se trata entonces de encontrar la libertad en asegurarnos que las cosas no cambian, sino en dejarlas tomar su curso si eso es lo que tiene que ocurrir. Quizás en soltar que podemos encontrar la verdadera libertad.

Incluso en el amor podemos cerrar el puño, o por otro lado animarnos a abrir la palma de la mano y caminar juntos en esa misma dirección. Podemos sufrir porque nos encontramos aferrados al amor. Incluso con el amor puede haber apego. Y este “soltar”, este permiso que nos damos a que las cosas tomen su curso, es algo que aplica a todo. Aplica todo dentro y fuera de nosotros.

Si sueltas un poco, tendrás un poco de libertad. Si sueltas mucho, tendrás mucha libertad. Si sueltas completamente, tendrás libertad completa. Podamos entonces animarnos a no aferrarnos ni rechazar… primero un poco, luego mucho… y quizá en esta vida nos animemos a hacerlo completamente, y así encontrar completa libertad. 

Gracias por estar aquí y por ser parte de este camino. Hasta el próximo paso.

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